Machen sobre la confesionalidad y la honestidad.

John Gresham Machen

John Gresham Machen

Supongamos que sea verdad que la devoción a un credo es un signo de estrechez intelectual e intolerancia; supongamos que la Iglesia debiera estar basada en la devoción por el ideal de Jesús o en el deseo de poner a su Espíritu en funcionamiento en el mundo, y no en una confesión de fe respecto de su obra redentora. Aun cuando todo esto fuera verdad, aun cuando una iglesia fiel al credo fuese algo indeseable, seguiría siendo verdad que de hecho muchas (sin dudas, en espíritu todas) iglesias evangélicas son iglesias fieles al credo, y que si un hombre no acepta su credo, no tiene derecho a ocupar un lugar en su ministerio de enseñanza.

El carácter fiel al credo de las iglesias se expresa de forma diferente en los diferentes cuerpos evangélicos, pero el ejemplo de la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos de América quizás pueda servir como ilustración. Se requiere de todos los dirigentes de la Iglesia Presbiteriana, incluyendo a los pastores, que al ser ordenados contesten claramente una serie de preguntas que comienza con las dos siguientes:

“¿Crees que las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento son la Palabra de Dios, la única regla infalible de fe y práctica?”

“¿Recibes y adoptas sinceramente la confesión de fe de esta iglesia, como contenedora del sistema de doctrina enseñado en las Santas Escrituras?”

Si estas “preguntas constitucionales” no fijan claramente la base ortodoxa de la Iglesia Presbiteriana, es difícil pensar cómo cualquier lenguaje humano pueda lograrlo. ¡Sin embargo, inmediatamente después de hacer tan solemne declaración, inmediatamente después de declarar que la Confesión de Westminster contiene el sistema de doctrina enseñado en infalibles Escrituras, muchos ministros de la Iglesia Presbiteriana procederán a despreciar esa misma confesión y esa doctrina de infalibilidad de las Escrituras a la que se acaban de suscribir solemnemente!

No estamos hablando de la membresía de la Iglesia, sino del ministerio, y no estamos hablando del hombre que está atribulado por serias dudas y se pregunta si con sus dudas puede continuar honestamente con su membresía en la Iglesia. Para grandes multitudes de estas almas aproblemadas, la Iglesia ofrece abundantemente su compañerismo y su ayuda; sería un crimen echarlos fuera. Hay muchos hombres de poca fe en nuestros tiempos difíciles. No es a ellos a quien nos referimos. ¡Que Dios permita que ellos obtengan consuelo y ayuda a través de los servicios de la Iglesia!

Pero estamos hablando de hombres bien distintos a estos hombres de poca fe—a estos hombres que están atribulados por dudas y que están buscando con gran seriedad la verdad. Los hombres a los cuales nos referimos no están en busca de la membresía en la Iglesia, sino un lugar en el ministerio, y no desean aprender sino enseñar. No son hombres que dicen, “Creo; ayuda mi incredulidad,” sino hombres que se enorgullecen en la posesión de conocimiento de este mundo, y buscan un lugar en el ministerio para poder enseñar lo que es directamente contrario a la confesión de fe a la cual se suscribieron. Para tomar esta decisión se utilizan varias excusas—el acostumbramiento a través del cual las preguntas constitucionales se supone se han convertido en letra muerta, las varias reservas mentales, las varias “interpretaciones” de la declaración (que, por supuesto, significan una completa inversión del significado). Pero estas excusas no pueden cambiar el hecho esencial. Sea deseable o no, la declaración de ordenación es parte de la constitución de la Iglesia. Si un hombre puede someterse a estas reglas puede ser un dirigente en la Iglesia Presbiteriana; si no puede, entonces no tiene ningún derecho de ser uno de los dirigentes en la Iglesia Presbiteriana. Y el caso es, sin dudas, esencialmente similar en otras iglesias evangélicas. Nos guste o no, estas iglesias están fundadas sobre un credo; están organizadas para la propagación de un mensaje. Si un hombre decide combatir ese mensaje en vez de propagarlo, no tiene ningún derecho, sin importar lo falso que el mensaje pueda ser, de lograr una posición ventajosa para combatirlo al hacer una declaración de su fe que—en términos claros—no es verdadera.

Pero si tal forma de actuar está mal, otro modo de acción se encuentra completamente abierto para el hombre que desee propagar “el cristianismo liberal.” Si encuentra que las iglesias “evangélicas” existentes están amarradas a cierto credo que él no acepta, puede unirse a otro organismo existente o fundar un nuevo organismo que le convenga. Existen, por supuesto, ciertas desventajas obvias de tomar tal curso—el abandono de edificios de iglesia a los cuales uno está sujeto, el rompimiento de tradiciones familiares, el que se hieran los sentimientos de diversas formas. Pero hay una ventaja suprema que supera a todas estas desventajas. Es la ventaja de la honestidad. El camino de la honestidad en este tipo de temas puede ser duro y espinoso, pero puede ser recorrido. Y ya ha sido recorrido—por ejemplo, por la Iglesia Unitaria. La Iglesia Unitaria es honestamente, exactamente el tipo de iglesia que el predicador liberal desea— a saber, una iglesia sin una Biblia autoritativa, sin requerimientos doctrinales y sin un credo.

La honestidad, independientemente de todo lo que pueda ser dicho o hecho, no es una insignificancia, sino parte de lo más importante de la ley. Ciertamente tiene valor en sí misma, un valor bastante independiente de las consecuencias. Pero las consecuencias de la honestidad no serían, bajo el tema en discusión, insatisfactorias; aquí, al igual que en otros casos, la honestidad probablemente probaría ser la mejor política. Al alejarse de las iglesias adheridas a credos—esas iglesias que están fundadas sobre un credo derivado de las Escrituras—el predicador liberal sacrificaría, sin duda, la oportunidad, casi al alcance de su mano, de obtener tal control sobre esas iglesias confesionales como para cambiar su carácter fundamental. El sacrificio de esa oportunidad significaría que la esperanza de volcar los recursos de las iglesias evangélicas a la propagación del liberalismo se acabaría. Pero el liberalismo ciertamente no sufriría al final. Al menos no habría más necesidad de usar un lenguaje equívoco, no más necesidad de evitar ofensas. El predicador liberal obtendría el completo respeto personal incluso de sus oponentes, y todas las sesiones de discusión serían levantadas. Todo sería directo y completamente honesto. Y si el liberalismo está en lo cierto, la mera pérdida de recursos físicos no les impediría hacerse un camino.

Fuente: J. Gresham MACHEN, Cristianismo Y Liberalismo

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