¿Para qué Dios nos dió la Iglesia?

J. Gresham Machen responde:

John Gresham Machen

John Gresham Machen

En algún lado debe haber grupos de hombres y mujeres redimidos que puedan congregarse humildemente en el nombre de Cristo, para darle gracias por Su indescriptible regalo y para adorar al Padre a través de Jesús. Tales grupos pueden satisfacer las necesidades del alma. En la actualidad, hay un anhelo del corazón humano que es a menudo olvidado—es el profundo y sufrido anhelo del cristiano de compañerismo con sus hermanos. Uno escucha mucho, es cierto, acerca de la unión, armonía y cooperación cristiana. Pero la unión a la que se refieren, es a menudo una unión con el mundo y contra el Señor, o, en el mejor de los casos, una unión forzada de comités de maquinación y tiranía. ¡Cuán diferente es la verdadera unidad del Espíritu en el vínculo de paz! A veces, es cierto, el anhelo de compañerismo cristiano es satisfecho. Hay congregaciones, aun en la etapa de conflicto actual, que realmente se encuentran congregadas alrededor de la mesa del Señor; hay pastores que son pastores realmente. Pero tales congregaciones, en muchas ciudades, son difíciles de encontrar.

Cansado con los conflictos del mundo, uno entra a la Iglesia, en busca de refresco para el alma. ¿Y con qué se encuentra uno? Por desgracia, muy a menudo, uno encuentra sólo la confusión del mundo. El predicador surge, no de algún lugar secreto de meditación y poder, no con la autoridad de la Palabra de Dios impregnando su mensaje, no con la sabiduría humana empujada bien al fondo para dar paso a la gloria de la Cruz, sino con opiniones humanas acerca de los problemas sociales del momento o soluciones fáciles al problema global del pecado. Tal es el sermón. Y luego quizás el servicio es concluido con uno de esos himnos que expresan las furiosas pasiones de 1861, que son encontradas en la parte de atrás de los himnarios. Así las disputas del mundo han entrado incluso a la casa de Dios. Y triste, sin duda, es el corazón del hombre que ha llegado en busca de paz.

¿Acaso no hay refugio de las disputas? ¿No hay un lugar de refresco en donde un hombre puede alistarse para la batalla de la vida? ¿No hay un lugar en donde dos o tres pueden congregarse en el nombre de Jesús, para olvidar por un momento todas esas cosas que dividen a las naciones y las razas, para olvidar el orgullo humano, para olvidar las pasiones de la guerra, para olvidar los desconcertantes problemas de las disputas industriales y para unirse en gratitud rebosante a los pies de la Cruz? Si existiese tal lugar, entonces esa es la casa de Dios y la puerta del cielo. Y debajo del umbral de esa casa correrá un río que revivirá al mundo cansado.

J. Gresham MACHEN. Cristianismo E Liberalismo. São Paulo: Os Puritanos; 2001. P. 174-175.

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