La Ordenación Femenina, por Gordon H. Clark

Gordon H. Clark

Gordon H. Clark

El Sínodo 154 de la Reformed Presbyterian Church, Evangelical Synod (RPCES) (Mayo 1976) recibió e incluyó en sus minutas el Informe de un Comité de Estudio sobre el Rol de la Mujer en la Iglesia. El Informe recomendaba la ordenación de las mujeres como diáconos. El asunto entre manos no es una cuestión de las diaconisas. Durante años la Iglesia Presbiteriana en U.S.A. (ahora U.P.C.U.S.A., United Presbyterian Church en U.S.A.) y la Reformed Church of America cooperaron en el apoyo a una Escuela de Diaconisas en Filadelfia, y sus graduadas sirvieron en aquellas denominaciones. La cuestión que ahora nos ocupa, sin embargo, no es el reconocimiento de la práctica presbiteriana, sino la propuesta totalmente diferente y novedosa para ordenar mujeres como diáconos.

Aunque el Comité de Estudio no aboga por la ordenación de mujeres como ancianos, aboga por la ordenación de mujeres. Debido a nuestra situación contemporánea, las acciones más recientes de la Iglesia Episcopal, es poco realista pensar que una iglesia que comienza con la ordenación de mujeres como diáconos pueda a la larga negarles la ordenación como ancianos. Este documento sin duda considerará el oficio de diácono, pero la cuestión de fondo es la ordenación de mujeres, como él título lo indica.

Dado que esta es una propuesta moderna, la carga de la prueba recae sobre los innovadores. Una breve nota sobre la historia clarificará este punto. Hebreos 5:1-4 muestra que los Sumo sacerdotes Judíos eran ordenados: todos ellos eran hombres. Un documento complementario en The Presbyterian Doctrine of Ordination también mencionará la ordenación, usualmente por el ungimiento con aceite, de oficiales menores en el Antiguo Testamento. La restricción judía de tal ordenación a los hombres sólo ha sido recientemente cuestionada por el judaísmo liberal. La Iglesia Católica Romana sólo ordena hombres. Uno de los argumentos de los altos clérigos en la Iglesia Episcopal, en relación con la alteración de su gobierno este año, fue que la ordenación de mujeres obstaculizaría la reunión ecuménica con Roma. La Reforma Protestante, con toda su oposición al romanismo, nunca cuestionó la práctica de ordenar solamente hombres. Ahora bien, si esta práctica ha continuado desde los tiempos de Abraham hasta 1960 más o menos, los que son innovadores seguramente deben llevar la carga de la prueba. La Confesión de Westminster en efecto dice, “Todos los Sínodos…pueden errar, y muchos han errado”. Por lo tanto es teóricamente posible que la Reformed Presbyterian Church esté en un error. Pero cuando el acuerdo es en todo el mundo por más de 4000 años, ello es, repito, extremadamente improbable. Por lo tanto una carga montañosa de prueba corresponde a los que abogan por la ordenación de mujeres. Suposiciones de posibles significados de gunaikas, por ejemplo, aun si “probablemente”, no son suficientes. Lo que necesita la denominación, antes de que pueda tener la autoridad para desechar el concepto histórico de la ordenación, es una prueba convincente.

El presente documento, en contraste con el Informe, sostiene que el procedimiento presbiteriano histórico es exigido por la Escritura. En conformidad con el tercer voto de ordenación de la Reformed Presbyterian Church, Evangelical Synod, nuestros ministros “aceptan la forma presbiteriana de gobierno de la iglesia como derivada desde las Santas Escrituras” (Form of Government V, 1). Por lo tanto, la conclusión aquí será que la Escritura definitivamente prohíbe la ordenación de mujeres. Para este fin sería posible examinar el Informe párrafo por párrafo. Pero puede ser una manera más ordenada. Por supuesto, los lectores de este documento deben tener el Informe delante de ellos; y las referencias al mismo serán lo suficientemente frecuentes. Pero el esquema, después de estas líneas introductorias, será:

I.   La Cuestión que se Plantea

II.   La Base del Debate

III. Asuntos Secundarios

IV. Los Pasajes Principales

I.   LA CUESTIÓN QUE SE PLANTEA

Como ya se ha destacado en la introducción, y como deja claro el Informe, el problema no es el de la ordenación de diaconisas. La cuestión es la ordenación de mujeres como diáconos. Ahora bien, si tal cosa es admisible depende de la doctrina de la ordenación. ¿Es la doctrina reformada presbiteriana de la ordenación escritural, o no lo es y por lo tanto debe ser cambiada?

Es extraño que el Informe, tan largo como es, ponga tan poca atención a la doctrina de la ordenación. Puesto que la ordenación de las mujeres depende de algún punto de vista de la ordenación –un punto de vista en conflicto con los principios reformados- el Informe debería haber incluido una defensa masiva de su premisa subyacente. Esto no lo hizo.

La Sección F (132) trata la mayor parte de lo que el Informe tiene que decir. Comienza con una declaración relativa a la posición oficial de la Reformed Presbyterian Church, Evangelical Synod. Sin embargo, no declara esa posición correctamente; y en la medida en que las conclusiones del Informe dependen de esta inexactitud, ellas deben ser rechazadas. La declaración del Informe es: “Esta denominación…ha visto a uno de los elementos distintivos del rol del anciano a diferencia del de diácono tener la posesión de autoridad eclesiásticamente ligada”. Esta declaración contradice la Forma de Gobierno. Dado que el objetivo inmediato del Informe es defender la ordenación de mujeres como diáconos, tres temáticas necesitan atención. La ordenación es el integrador. Es el tema en cuestión. Los puntos subordinados son diáconos y mujer. ¿Qué dice sobre estos dos puntos la Forma de Gobierno, en su definición oficial de la política presbiteriana reformada?

Para citar, la Forma de Gobierno, V, 5 dice, “Los pasos formales por los cuales un joven se convierte en ministro ordenado…” No dice “una persona joven”, y no dice “un joven hombre o mujer”. Puesto que desde hace unos pocos años atrás, nadie abogaba por la ordenación de las mujeres, esta referencia a un hombre y no a una mujer nunca fue enfatizada ni repetida. En V, 8, la Forma de Gobierno simplemente dice, “Las calificaciones de tanto los ancianos docentes como los ancianos gobernantes…” “Los laicos, ordenados para el cuerpo de ancianos” es otra frase. Se dice también que estos ancianos tienen “un cierto gobierno o autoridad de gobierno”. La sección sobre los diáconos no es tan explícita. Si las mujeres hubieran sido vistas como posibles candidatos habría tenido que ser más explícito. El Informe toma la posición de que la Escritura permite la ordenación de mujeres como diáconos pero prohíbe su ordenación como ancianos. Si esta fuera la posición de la Reformed Presbyterian, la Forma de Gobierno habría tenido que declarar la diferencia explícitamente, claramente, y enfáticamente. No lo hace así. Lo que se dice explícitamente es, “El ministro propondrá entonces al anciano –o diácono elegido las siguientes preguntas: Ver la Sección 3 de este capítulo”.

Así que, los pastores, ancianos, y diáconos todos toman los mismos votos, con la única excepción que los pastores asienten a la pregunta 8; mientras los otros ministros –no pastores, ancianos, y diáconos –asienten a la pregunta 9. Ninguno de estos nueve votos explícitamente menciona la autoridad para enseñar. Pero si esta autoridad es asumida por un anciano, es también asumida por un diácono, porque los ancianos gobernantes, los diáconos, y los ministros no-pastorales son tratados como una sola clase. A continuación, en V, 9, d, en la ordenación de un diácono, el ministro dice, “Nosotros te damos la diestra de compañerismo para tomar parte de este oficio con nosotros”. Note que esta no es una ordenación de diáconos-elegidos por diáconos previamente ordenados, con la idea que entonces los ancianos son ordenados por ancianos. Tal cosa podría de hecho distinguir mayormente a los ancianos de los diáconos. Es el ministro el que dice al diácono electo, “Nosotros te damos la diestra de compañerismo para tomar parte de este oficio con nosotros”.

Pero la fórmula que remacha esto es lo que la Forma de Gobierno impone sobre la congregación: “¿Vosotros, los miembros de esta iglesia, reconocéis y recibís a este hermano como un anciano gobernante (o diácono) y prometéis rendirle todo ese honor, aliento, y obediencia en el Señor al cual…la Constitución de esta Iglesia le da derecho?”

En este punto parece apropiado concluir que el Informe basa su tesis sobre un punto de vista errado del gobierno de la Reformed Presbyterian. La Reformed Presbyterian Church, Evangelical Synod no distingue entre un anciano y un diácono por la falta de autoridad eclesiástica de este último. Al contrario, explícitamente afirma esta autoridad. La aplicación a las mujeres –a la luz de la Escritura aun por discutir- es automática. Ignorando nuestra constitución el Informe continúa, “Si esta distinción se mantiene, no hay ninguna necesidad de la cuestión de situar a las mujeres en autoridad sobre los hombres al ordenarlas como diáconos”. Pero si esta distinción inconstitucional fuera mantenida, no habría necesidad o razón para ordenar ya sea hombres o mujeres diáconos. La ordenación es la inducción a un orden autoritativo. Esto ahora devuelve la discusión de la ordenación de las mujeres como diáconos a la cuestión fundamental de la ordenación.

Hay varios puntos de vista en cuanto a la naturaleza de la ordenación. La única reconocida por el mayor grupo de personas es el del romanismo. En la reforma, Lutero claramente, Calvino con más claridad, y una gran parte de la población europea percibieron que la elaborada jerarquía romana con sus reclamos impresionantes contrastaban fuertemente con la sencillez de la iglesia como los apóstoles la habían organizado. Las reclamaciones romanistas dependían en gran medida, tal vez casi en su totalidad, de la premisa que la ordenación confiere un rasgo especial de sacerdocio con el fin de repetir el sacrificio de Cristo en la misa. En su oposición a la misa, todos los reformadores abominaron la jerarquía papal y defendieron rigurosamente la igualdad del sacerdocio de todos los creyentes. Sin embargo ni por esa razón ellos abolieron el ministerio ordenado.

Algunos lo hicieron. Los Anabaptistas radicales denunciaron todo el gobierno de la iglesia y el gobierno civil también. Más tarde, y continuando hasta el presente, los Cuáqueros y los Hermanos de Plymouth rechazaron un ministerio oficial. Aún más recientemente en oposición a la religión organizada, algunos grupos cerrarían los seminarios, clausuraron las puertas de la iglesia, vendieron los bienes raíces, y –a diferencia del anarquismo de los anabaptistas- gastaron los ingresos en establecer el socialismo.

Puesto que el Informe no discute estos movimientos, ya que de hecho no hace ningún esfuerzo para explicar su nuevo punto de vista de la ordenación, no es posible estar seguro de que dirección puede tomar más tarde este movimiento en nuestra denominación. Es claro, sin embargo, que el temperamento moderno entre la gente religiosa es más bien hostil a la “religión organizada” y favorece alguna forma de pietismo en lugar de la posición presbiteriana.

Ni Lutero ni Calvino aceptaron esta posición izquierdista. Calvino dice (Institutes, IV,iii,2), “Por medio de los ministros a quienes (Cristo) ha comisionado este oficio, y dado gracia para cumplirlo, él dispersa y distribuye su gracia a la iglesia,…Por lo tanto cualquier estudio para abolir este orden y tipo de gobierno,…o lo menosprecia como de menor importancia, traza la devastación, o más bien la ruina y destrucción de las iglesias”. Estas palabras muestran cuán altamente estimaba Calvino el orden ministerial. Que esto incluye a los diáconos también lo deja en claro un párrafo más adelante (IV, iii): “Las calificaciones de…los obispos son establecidas por Pablo en dos pasajes…La misma regla es prescrita para los diáconos y los gobernantes”.

Hay otros documentos históricos. La Confesión Francesa de 1559 dice, “Nosotros detestamos a todas las personas fantasiosas que desean grandemente…abolir el ministerio” (Art. XXV). El Segundo Libro de Disciplina de la Iglesia Escocesa dice, “Hay cuatro funciones ordinarias u oficios en la Iglesia de Dios, el oficio de pastor, ministro, u obispo; el doctor; el presbítero a anciano; y el diácono”. En los días de la reforma el objetivo principal era rechazar la teoría de la jerarquía papal, e insistir en el sacerdocio de todos los creyentes. Nuestros antepasados escoceses también se negaron a reconocer la ordenación anglicana de los diáconos porque esto era parte del esquema jerárquico. Pero ellos ordenaron diáconos, y tenían un estricto punto de vista del significado de la ordenación. Ellos rechazaron el “carácter indeleble” impuesto por la ordenación como la entendían los romanistas; pero no objetaron un “carácter indeleble”, una autoridad de toda la vida, como ellos mismos la definieron.

Es extraño, y quizás uno puede ser tan osado como para decir significativo, que el Informe que aboga por la ordenación de las mujeres tenga tan poco que decir acerca de la ordenación. Ya que el Informe, con el fin de permitir a las mujeres ser ordenadas como diáconos, excluye de la ordenación la atribución de autoridad, nadie puede estar seguro de qué teoría de la ordenación desea introducir el Informe en nuestra denominación. Se puede estar seguro, sin embargo, de que su punto de vista de la ordenación es destructivo de la política presbiteriana.

Durante la Reforma, la controversia se centró principalmente en el ministerio, menos en los ancianos, y mucho menos en los diáconos. Sin embargo los reformadores no pasaron por encima al último en completo silencio. Lutero en su Address to the Nobility, Junio 1520, dice, “Él (el ministro) debe tener como asistentes varios sacerdotes (el término sacerdote continuó siendo usado por un tiempo) y diáconos que deberían ayudarle a gobernar el pueblo y las congregaciones con sermones y la administración de los sacramentos”. La Confesión Francesa de 1559 (antes aludida) también dice, “Ella (la verdadera Iglesia) debe ser gobernada de acuerdo a la política que nuestro Salvador Jesucristo ha establecido, es decir, que haya pastores, supervisores, y diáconos”. Note que los diáconos forman parte del cuerpo gobernante. Las Ordenanzas de Ginebra de 1541 declaran algo similar: “…que el ministro distribuya el pan en buen orden y con reverencia; y que los otros no den la copa con excepción de los designados o los diáconos con los ministros”. Las Ordenanzas de 1576 hacen la misma declaración sobre los diáconos. Una vez más, lo que Calvino dice acerca de las mujeres que realizan el bautismo es seguramente aplicable a las mujeres que podrían actuar como diáconos. En su Tracts él dice, “Incluso en los asuntos más nimios, como la carne y la bebida, lo que intentamos y atrevemos con una conciencia dudosa, Pablo claramente lo denuncia como pecado. Ahora, en el bautismo por mujeres, ¿Qué puede haber con certeza, mientras una norma dictada por Cristo es violada? Porque ese oficio del Evangelio el cual él asignó a los ministros, las mujeres se lo apoderan por ellas mismas”. Además, la respuesta de Calvino al Synod of Lyons en 1563 (Synodicon I, 53) dice, “Los diáconos y los ancianos, siendo los brazos y manos del Pastor…pueden también distribuir (el pan y la copa) a aquellos que están alejados (del pastor)”.

En estos pasajes la mención de los diáconos es digna de notarse porque había una renuencia generalizada a permitir diáconos e incluso ancianos para ayudar en el servicio de la comunión. Calvino obviamente considera a los diáconos como teniendo autoridad en virtud de su ordenación. Ellos están sin duda subordinados al ministro. La ordenación confiere al ministro la autoridad para predicar la Palabra, y puesto que los sacramentos requieren la Palabra, la ordenación confiere la autoridad para administrar los sacramentos, y también junto con otros hombres ordenados, la autoridad de las llaves. Pero aunque los diáconos están subordinados al ministro, ellos participan en esa autoridad. Las preguntas de la ordenación son las mismas; el ministro recibe al diácono como tomando “parte de este oficio con nosotros”; y la congregación promete obediencia al diácono.

II. LA BASE DEL DEBATE

El problema ha sido establecido claramente. Es la doctrina reformada de la ordenación. Esta doctrina no es la teoría prelaticia y jerárquica de Roma, ni es el caos anárquico de los anabaptistas. Pero ¿cuál de los tres puntos de vista es correcto? Obviamente la Reformed Presbyterian Church prohíbe la ordenación de mujeres. Puesto que, sin embargo, “Todos los Sínodos y concilios desde el tiempo de los apóstoles…pueden errar, y muchos han errado”, es teóricamente posible que el gobierno presbiteriano reformado este errado. Pero es altamente improbable que el presbiterianismo esté equivocado en este punto en particular. Los creyentes judíos antes de la venida de Cristo, como también los judíos incrédulos después, no tenían mujeres como sacerdotes. Ni el romanismo, Ni el luteranismo. Entre estos grupos hay diferencias en cuanto a la naturaleza de la ordenación, su validez, su autoridad, y más; pero todos coinciden en que es un error ordenar mujeres. Ahora bien, donde los Rabinos Eliezer y Agiba; Papas León y Gregorio; y Lutero, Calvino, y Knox concuerdan sobre un punto en particular, se requiere un argumento abrumador para probar que están equivocados. ¿Sobre qué base podría alguien construir tal argumento? Sólo hay una base tal la Biblia.

El Informe, no sólo se debe reconocer alegremente sino también agradecer, apela a la Escritura sola. Si fuera de otro modo ellos y nosotros no tendríamos una base común de discusión. Sin embargo el documento presente considera pobre la exégesis del Informe y su argumento inválido, el Informe debe ser muy elogiado por su repetido rechazo de la idea de que partes de la Escritura nos son obligatorias hoy día porque fueron culturalmente condicionadas. Dado que este rechazo no es la postura actual de la comunidad religiosa, es pertinente uno o dos párrafos subrayando el contraste.

El Dr. Paul King Jewett es particularmente un buen ejemplo, porque ha recientemente argumentado por la ordenación de las mujeres. Él no tiene problema con el material escritural; él incluso está de acuerdo sustancialmente en que el punto de vista defendido en este documento es escritural; pero el simplemente rechaza los errores del apóstol Pablo como culturalmente condicionado. También el seminario en el cual enseña el Dr. Jewett, es un buen ejemplo. Varios de sus miembros han participado públicamente en la polémica contra la infalibilidad de la Escritura. Los miembros más conservadores de la facultad renunciaron y dejaron el seminario, algunos años atrás, todavía el seminario todavía pretendía ser evangélico. Ellos deberían llamarse a sí mismos modernistas, porque su posición es en gran medida la misma que la de los modernistas a principio del siglo. Sus tácticas son también similares, en degradar tanto el lenguaje con el fin de vaciar el término evangélico de su significado histórico, ellos repiten la degradación del término “la divinidad de Cristo” de los primeros modernistas para dar cabida a Homero y Shakespeare, si no a la divina Sara. Esta penetrante influencia del liberalismo se ve más claramente en las grandes denominaciones apóstatas. En ellas un ministro puede ser expulsado o a un candidato se le puede negar la ordenación por desaprobar la ordenación de mujeres. Pero la influencia del liberalismo también se puede ver, aunque sea en forma modificada, en las iglesias más conservadoras. Incluso en nuestra iglesia debemos considerar como miopía discutir un tema como la ordenación sin tomar en consideración las condiciones que nos presionan desde todos lados. Ya que las ideas liberales impregnan a toda la comunidad religiosa, los presbiterianos reformados harán bien en combatirlas aun en sus formas incipientes. Demasiados seminarios y denominaciones se deslizan en la apostasía casi imperceptiblemente. Que los herederos de los pactantes no encuentren este destino.

Una muestra reciente, pequeña, pero alentadora en el horizonte fueron los 135 sobre 74 votos contra la ordenación de las mujeres en el General Synod of the Associate Reformed Presbyterian Church de 1976. Ellos incluso votaron en contra de una moción para distribuir el informe de los defensores a la sesión “para devota consideración”.

La exitosa introducción de la ordenación de las mujeres en las iglesias liberales está vinculada con el panorama general de la liberación de las mujeres. Además de los excesos de la filosofía izquierdista, la permisividad de los padres y la sociedad, y la presión sobre los presuntos derechos de la mujer incluso permitiendo a una adolescente a obtener un aborto en desafío a sus padres –al margen de este tipo de cosas, es dudoso que alguien se hubiera agitado por la ordenación de las mujeres. La mención de la liberación de la mujer y de la muy grande inmoralidad de nuestros tiempos no pretende difamar a los autores del Informe. Nadie les acusa de estar sentados cautivados a los pies de Bella Abzug. Por el contrario, el procedimiento del Informe apela explícita y totalmente a la Escritura. En esto se diferencia completamente de los procedimientos habituales. ¿Hay alguna instancia, en alguna denominación, este tipo de agitación sobre fundamentos estrictamente escriturales? El presente Informe parece único. Estamos agradecidos por su dependencia de la Escritura. No obstante las actuales inclinaciones sociológicas tienden a producir una recepción más favorable de esta propuesta que lo que la Escritura justifica. Con la base explícita del Informe, este documento está totalmente de acuerdo e insta a todos los lectores a consultar la Escritura sola.

III. ASUNTOS SECUNDARIOS

Algún material escritural, sin embargo, apoya el tópico principal sólo en un pequeño grado. Otros pasajes se relacionan más directamente, y unos pocos pueden ser decisivos. Los de primera clase no pueden ser completamente omitidos, porque el Informe contiene una cantidad considerable de ellos, pero quizás en esta breve réplica será aceptable.

Uno de esos puntos secundarios es la cuestión de las mujeres orando en el servicio público de la iglesia. El Informe discute esto en cierta extensión. La razón es clara. Si Pablo ha realmente prohibido a las mujeres a orar en público, él ciertamente no les habría permitido ser ordenadas. De ahí que el Informe deba combatir esta interpretación. Por otro lado, si Pablo permitió a las mujeres orar en público, de ningún modo se desprende que él las habría ordenado. Este punto de la lógica es suficiente para mostrar la inutilidad de varios pasajes de Informe. Sin embargo, una palabra a favor de la interpretación más obvia contará en contra de la ordenación. Los versículos dicen, “Que vuestras mujeres guarden silencio en las iglesias, porque no les es permitido hablar…Es una vergüenza que las mujeres hablen en la iglesia” (1 Corintios 14:34-35). El Informe (116) señala un “aparente conflicto” entre la oración de las mujeres en el capítulo 11 y su silencio en el capítulo 14.

¿Puede la ordenación resolver este aparente conflicto? ¿No es posible, y mucho más fácil, usar otro método? Puesto que la última referencia a los Corintios ordena silencio, y por lo tanto excluye la ordenación, el único problema es el de la contradicción. Sobre este punto se pueden decir dos cosas. Primero, como lo reconoce el Informe mismo, las oraciones de mujeres que permite Pablo pueden haber tenido lugar en reuniones informales de oración. O, lo que el Informe no considera, que las oraciones pueden haber sido hechas en los propios hogares de las mujeres. Por supuesto, como dice el Informe en la parte inferior de la página 115, “Estos textos claramente presumen que las mujeres oraban y profetizaban”. Pero el punto en cuestión es ¿dónde y cuándo? El texto no dice “en la iglesia”. Por lo tanto estas palabras no deben ser insertadas. Luego cuando otro texto dice explícitamente, que las mujeres guarden silencio en la iglesia, se deduce que 1 Corintios 11 no puede significar “en la iglesia”. Debe referirse a algunas reuniones informales, tales como las de nuestras sociedades misioneras de mujeres. El Informe reconoce que esto resuelve el problema de la supuesta contradicción. Pero rechaza la solución porque “es dudoso que el caso pueda ser sostenido exegéticamente”, (116).

¿Dudoso? No mucho. La claridad del capítulo 14 y la ausencia en el capítulo 11 de las palabras “en la iglesia” parecen ser exegéticamente suficiente. Por una parte, en la medida que la cuestión principal de la ordenación se va, no es necesario sostener esta interpretación exegéticamente. El punto inmediato es la solución de una aparente contradicción, e incluso el Informe está de acuerdo en que la interpretación dada aquí es satisfactoria. Por otro lado, la interpretación del Informe no puede ser sostenida exegéticamente. ¿Cómo se puede extraer del versículo las palabras que no existen? Sin embargo, el Informe debe ofrecer seguridad exegética porque le corresponde la carga de la prueba. Pero que había –actual e históricamente, ocasiones de oración y profecía distintas que el servicio regular en la iglesia, y que por lo tanto la interpretación actual no depende de suposiciones sin fundamento, es claro, si no de Hechos 11:28, al menos de Hechos 21:9-11. Lo que Ágabo hizo difícilmente cabe en un servicio de adoración; y la exégesis no puede negar que las hijas de Felipe profetizaron, como Ágabo, cuando no había servicio de la iglesia en progreso.

El resultado de este análisis es (1) que las páginas 115-117 del Informe difícilmente sostienen la cuestión en absoluto; (2) que la solución rechazada en la página 116 sigue siendo satisfactoria; y (3) que la conclusión del Informe: “1 Corintios 11:5 probablemente se refiere a los servicios de adoración pública” no es más probable, y probablemente menos convincente que lo que el Informe rechaza como una “débil posibilidad”. Hay que insistir en que los defensores de la ordenación de las mujeres, no aquellos que defienden los principios oficiales de la Reformed Presbyterian, deben producir la “evidencia externa convincente”. La carga de la prueba corresponde a los innovadores, no en aquellos que mantienen los estándares actuales.

Otro asunto secundario concierne a las capacidades estilísticas de Pablo. Con el fin de sustituir su interpretación por una más obvia, el Informe argumenta en varios lugares que no puede haber una “ruptura violenta” en el tema entre los dos versículos en cuestión. Debe haber una transición sin problemas. Ahora bien, es cierto que, la mayoría de los versículos se conectan lógicamente con sus versículos precedentes y los sucesivos. De lo contrario no podría haber una discusión continua. No obstante, se producen saltos de párrafos; y a veces hay dos o más cambios repentinos en muy pocas líneas.

El mejor ejemplo es el bien conocido pasaje de Romanos 5:12-19. Allí, el pasaje tiene un simple tema, pero Pablo lo mezcla junto con muchos hilos de un tema complejo. Hay paréntesis dentro de paréntesis, y la sentencia llega a ser tan complicada que Pablo la rompe y comienza otra vez en el versículo 18. Mentes activas como la de Pablo, son aptas para escribir oraciones intrincadas, incluyendo las observaciones entre paréntesis. Y saltan hacia atrás y hacia adelante como sus pensamientos vienen en profusión. Nota por lo tanto otro ejemplo: 1 Timoteo 5:17ss., una epístola si no un capítulo que ocupa muchas páginas en el Informe. Después de discutir la difícil situación de las viudas en la primera mitad del capítulo, Pablo vuelve a la admonición del Antiguo Testamento que las congregaciones deben sostener a sus pastores; luego vienen instrucciones relativas a los casos judiciales; después una advertencia contra la ordenación de hombres jóvenes, o cristianos recién convertidos; a continuación algunos consejos medicinales a Timoteo. Finalmente, dos versículos –que no conectan con el consejo medicinal- son lo suficientemente vagos como para hacer cualquier conexión incierta. En vista de tales ejemplos como estos, y hay otros, este documento no renunciará a su interpretación cuando el argumento en favor de su sustituto depende tan fuertemente del supuesto que Pablo debe escribir tan suavemente como el Informe espera. De hecho el Informe mismo (83) tiene que ajustarse a una “transición abrupta”.

La pregunta de Febe

Bajo la rúbrica de “Asuntos Secundarios” hay diferencias en grados. Una cuestión no tan secundaria es el uso del término diácono en el Nuevo Testamento. Si el Nuevo Testamento contiene aun una simple instancia de la elección y ordenación apostólica de una mujer como diácono, el hecho sería conclusivo. Sin un ejemplo, sin embargo, el argumento nunca puede ser conclusivo. Lo mejor que se puede hacer es hacer referencia a Romanos 16:1, donde Febe es llamada diakonon, y de esto infieren que los miembros de la iglesia habían elegido y que acto seguido los apóstoles la habían ordenado.

Tal inferencia no es válida. Nótese que en Hechos 6:1 había una diaria diakonia antes que los “diáconos” fueran elegidos y ordenados. La palabra originalmente no era el nombre de un oficial ordenado, sino que designaba a cualquiera que servía a las necesidades de los demás. En Juan 2:5, 9 se refiere a quienes estaban sirviendo el banquete matrimonial. Compare Mateo 22:13. En Juan 12:26 se refiere a cualquier siervo fiel de Cristo. De allí el término se puede aplicar a Febe, o a cualquier otro cristiano, sin implicar la ordenación. De hecho, el término va tan lejos, que incluso se refiere a los siervos de Satanás (2 Corintios 11:15).

En 1 Timoteo 4:6, Timoteo es llamado un siervo, un diakonos; aunque él era un anciano u obispo y no un “diácono”. Así también los mismos apóstoles son llamados siervos: Hechos 6:2 dice que los apóstoles habían estado sirviendo (diakonein) la mesas, pero a partir de ahora ellos deben abandonar esta tarea y entregarse al ministerio de la Palabra (diakonia tou logou). Cuando se observa que los siete elegidos no fueron llamados “diáconos” en este pasaje, y que el verbo diakonein se aplica a los apóstoles, ¿Debemos concluir que Febe era un apóstol? Todo lo contrario; el término diakonos era un nombre dado a cualquier sirviente. Su aplicación a Febe en Romanos 16:1 no tiene ninguna connotación de ordenación.

El Informe trata de disponer de esta afirmación en la página 134. “Debido a que la palabra diakonos puede ser traducida como ‘diácono’ o ‘sirviente’ es importante tener en cuenta que Pablo no eligió usar la forma femenina de la palabra sino más bien rompió el género para identificar a Febe con la forma masculina del sustantivo (itálicas en el Informe). Esto sugiere muy fuertemente que él no estaba simplemente llamándola un sirviente…sino que estaba más bien usando un término formal identificándola como un diácono”. Pero ¿Dónde ocurre en la literatura griega tal forma femenina de la palabra? Ni Liddell and Scott ni Arndt and Gingrich enumeran alguna forma femenina. Al contrario, ambos citan pasajes en los cuales la forma masculina se aplica a las mujeres.

Con respecto a las formas masculinas y femeninas de los sustantivos griegos, otro punto merece mención. El Informe es único en que recomienda la ordenación de mujeres para diáconos pero prohíbe su ordenación como ancianos. Las propuestas y su adopción en otras denominaciones incluyen y de hecho presionan a la ordenación como ministros. Esto es debido a que estas otras denominaciones tienen poca consideración por la Escritura, mientras que el Informe desea seguir a la Biblia. El Informe no tiene ninguna inclinación a sostener que la Biblia permite a las mujeres ser ordenadas como pastores. No obstante uno puede preguntarse si la ordenación de las mujeres como pastores puede ser evitada una vez que el impulso ha comenzado en su ordenación como diáconos. De hecho es posible adivinar una parte del argumento futuro. Se señalará que si nosotros ahora ordenamos mujeres como diáconos, aunque no hay tal forma como diakone en el Nuevo Testamento (u ¿otro lugar?), Debemos aún más ordenar mujeres como pastores porque 1 Timoteo 5:1, 2 explícitamente menciona presbuterai (mujeres ancianas) como también presbuteroi (hombres ancianos).

Las palabras diakonos y presbuteros no son los únicos ejemplos de palabras usadas coloquialmente, las cuales nosotros casi sin excepción usamos técnicamente. La palabra iglesia (ecclesia) es otro ejemplo. En Hechos 2:47 el Señor añade convertidos a la “iglesia” diariamente; y el contexto muestra lo que la iglesia significaba. Pero la tumultuosa asamblea de paganos en Éfeso es tres veces llamada la ecclesia (Hechos 19:32, 39, 40). De aquí que el término diakonos, aplicado a Febe, no es evidencia de que ella haya sido ordenada. Pero se dice que Febe no era meramente una sierva del Señor, ella también era prostatis de muchos. El argumento es que prostates (masculino) y por lo tanto prostatis(femenino) significan gobernante, autoridad, defensor, guardián, oficial que preside, patrón, etc. Así Febe era un oficial regularmente ordenado con autoridad sobre mucha gente.

Desafortunadamente la forma masculina no ocurre en el Nuevo Testamento y la forma femenina sólo está una vez. El verbo, sin embargo, se produce alrededor de siete veces y ciertamente indica autoridad y mando. Para los que abogan por la ordenación de mujeres, esta palabra parece ser una fuerte evidencia, y quizás conclusiva. Pero sin duda uno debe tener más de un hápax legomenon para volcar miles de años de proceder eclesiástico. Tampoco es todo lo que se puede decir. Porque el versículo mismo dice que Febe era una prostatis para Pablo mismo. Así que Pablo debió haber sido un miembro inferior de la orden de la cual Febe era presidente y gobernador. Al contrario de estas inaceptables inferencias, este documento concluye que Febe fue una fiel sierva que había sido de gran ayuda para mucha gente y para Pablo mismo, como la suegra de Pedro sirvió (diakonei) a Cristo en Mateo 8:15.

Esta sección sobre asuntos secundarios ahora ha sondeado el tema de las mujeres orando en la iglesia, las peculiaridades estilísticas de Pablo, y el uso del término diácono. Pero como la discusión continúa, el material lleva más y más directamente al tema principal.

IV. LOS PASAJES PRINCIPALES

1 Timoteo 2 es seguramente el de mayor importancia. Tras una primera lectura parece descartar definitivamente la ordenación de las mujeres. De hecho una segunda y una tercera lectura confirman esta impresión. En efecto el capítulo va más allá de prohibir tales ordenaciones: incluso prohíbe a las mujeres orar en los servicios públicos.

Contra esta clara declaración el Informe lucha con cierta extensión (70-90). En primer lugar señala que el tema del capítulo es “la oración en la iglesia”. Esto por supuesto es cierto, pero puede dar lugar a un malentendido. El capítulo 2 es una subdivisión de la epístola como un conjunto, el tema del cual es más amplio que la oración. 1 Timoteo cubre el tema general de la adoración, y por lo tanto Pablo puede pasar de la oración a otras fases de la adoración. Al reducir el tema a la oración, el Informe quiere evitar una presunta ruptura violenta supuestamente exigida por la interpretación usual. El Informe es extremadamente detallado y debe ser consultado. Sería irrazonablemente pesado examinar aquí cada línea. Pero en general el Informe sostiene que en la interpretación usual, habría una ruptura imposible “porque realmente no presenta el pretendido contraste de Pablo sino que trata el v. 8 (los hombres orando con manos santas) como si estuviese junto a los vs. 11ss….” (80). El argumento del Informe parece depender de la suposición que Pablo no habría considerado aquí, en el mismo versículo, dos temas –de hecho- relacionados, un tema principal y una parte subordinada.

El argumento del Informe es defectuoso en varios puntos. El párrafo (1) en la página 80 dice, “Si la comparación intentada es los roles sexuales, el comentario sobre las manos santas…oscurece seriamente el punto central pero tácito de Pablo de que las mujeres no deben orar”. A esto, se puede responder que no hay sólo un punto “central” en el pasaje, a menos que sea el tópico general de la adoración ordenada. Muchos versículos en la Escritura contienen varios puntos distinguibles. Aquí, además de las manos santas y la ropa decorosa, los “roles sexuales” difícilmente pueden pasar inadvertidos. Lejos de ser “tácito”, como extrañamente repite el Informe tres veces más, el versículo 12 dice, “ella debe estar en silencio”. Este silencio está en consonancia con la progresión del pensamiento en los versículos 8 y 9. Los hombres deben orar (en la iglesia), las mujeres deben vestir modestamente, y aprender en silencio y sujeción. El versículo 10, no el versículo 9, puede ser un paréntesis aparte, pero tal cosa no está ausente del estilo de Pablo, pero no hay una ruptura violenta o “un paréntesis aparte que oscurezca seriamente el punto central de Pablo…”

El Informe da mucha importancia a la palabra hosautos en el versículo 9. El Informe admite que sería un error traducir el versículo como, “Del mismo modo quiero que las mujeres también oren” (80). Esta es una admisión bienvenida, pero el Informe aparentemente falla en ver como socava sus propios argumentos. Primero, se debe insistir en que la prohibición de la oración pública de las mujeres no es “tácita”. El Informe al menos tres veces afirma que es tácito, y sobre esta afirmación errónea construye parte de su argumento. Segundo, hosautos kai conduce ciertamente a un tipo de paralelo. Pero el Informe ya ha admitido que no hay paralelo, “Yo quiero que los hombres oren…Y también quiero que las mujeres oren”. Por esta razón el paralelo puede ser tan pequeño, “Yo quiero que los hombres oren con manos santas y quiero que las mujeres oren vestidas con modestia”. Y por esta razón el argumento de las páginas 80-82 debe ser declarado un fracaso.

Ahora es seguro que alguien pregunta, ¿Pero entonces cuál es el paralelo? Esta es una pregunta legítima, pero es permisible para decidir que el punto de vista del Informe es imposible sin ser capaz de responder esta cuestión. El punto de vista del Informe es imposible debido a la orden verbal (escrita) de silencio. Sin embargo, una respuesta plausible a la pregunta está a la mano, y el Informe mismo lo insinúa vagamente (p. 82, último párrafo de la sección). En pocas palabras es esto: Las ideas de Pablo vienen a él en profusión; el tema principal aquí es la adoración pública y no la oración solamente; por lo tanto se pueden aceptar las palabras, si no la intención, del Informe (p. 82 al final), “a continuación de la discusión de Pablo de la oración…entendida como discusión…la adoración”. Si es así, Pablo ha dicho, “Los hombres deben adorar levantado manos santas en la oración, de igual forma también las mujeres deben adorar vistiendo modestamente y permaneciendo en silencio”.

Así es la conclusión propuesta aquí. Pero un punto adicional es que la redacción del Informe es más errónea cuando dice, “debemos preguntarnos si es de algún modo una inferencia defendible que las mujeres estén en silencio todo el tiempo en las asambleas paulinas” (p. 82). Por supuesto que no es una inferencia defendible. La inferencia es exactamente lo contrario: Las mujeres no siempre estuvieron en silencio en las asambleas paulinas; es por eso que Pablo escribió para corregir el desorden. Una peculiaridad similar ocurre en la página siguiente también: “¿Por qué surgen los problemas de la oración, la profecía, y la enseñanza, si él nunca permitió a las mujeres hablar en las iglesias?” (p. 83, última línea). Uno podría preguntar también en cuanto a 1 Corintios 7, ¿Por qué surgió el problema del incesto, si Pablo nunca había permitido el incesto en sus iglesias?

Dado que el resto de la primera parte (pp. 84-90) es interesante, instructivo, y sustancialmente aceptable –de hecho, ya que este material se compromete más con la posición Presbiteriana Reformada y menos con las conclusiones del Informe, y de nuevo desde su firme rechazo de “las limitaciones culturales” es tan gratificante –y puede que no sea del todo impropio saltar a las páginas 132ss. sobre 1 Timoteo 3:8-13. Que el Informe en esta página no declara precisamente la posición Presbiteriana Reformada ya ha sido aclarado. Pero el “debate exegético sobre 1 Timoteo 3:11-2”, sobre el cual “pende la demostración del mandato bíblico” para la ordenación de las mujeres, “se centra en el significado de la palabra gunaikas”. Por lo tanto el Informe debe demostrar, mediante estricta implicación válida –o como dice la Confesión, “por buena y necesaria consecuencia”- que gunaikas debe significar “mujeres diáconos”, y que no puede significar posiblemente esposas de diáconos o ancianos.

Lejos de ser una deducción necesaria, el argumento del Informe es deficiente tanto en las premisas como en el procedimiento. Note su punto de partida en la página 133: “confiadamente podemos descartar (el punto de vista que gunaikas signifique mujeres en general o que signifique esposas de ancianos y diáconos)”. Esta confianza, sin embargo, está basada en la afirmación que “no sería probable que Pablo rompiera su hilo de pensamiento”. Pero, primero, la probabilidad no es demostración. Segundo, ya hemos visto cuan frecuentemente Pablo “rompe su hilo de pensamiento”. Y tercero, él no rompe realmente su hilo de pensamiento, a pesar de que él puede intercalar ideas entre ellos. De ahí que en el Informe “probable” e “improbable” (p. 133) no tengan fuerza en probar su conclusión.

Es cierto aquí que si Pablo hubiese insertado un tas (artículo) o un auton (pronombre), no habría habido dudas en cuanto a la traducción de esposas. Pero entonces Pablo con suficiente frecuencia omite el artículo donde el inglés lo requiere. El Informe afirma que la traducción de la King James “gratuitamente” suple la palabra su. Pero si ni Pablo ni la congregación tenían alguna idea de la ordenación de mujeres, el artículo o el pronombre era innecesario. El argumento del Informe tiende a la circularidad: Su es gratuito porque Pablo quiso decir mujeres diáconos, y él quiso decir mujeres diáconos porque gunaikas no significa esposas, y gunaikas no significa esposas porque el su de la King James es gratuito. De ahí que Pablo aprobó la ordenación de mujeres.

El Informe después vuelve a lo que es “improbable”: “Es improbable que él comentara cuidadosamente sobre las esposas de los diáconos y descuidara a aquellas de los ancianos”. Pero esto, también, es más bien circular. ¿Cómo prueba el Informe que Pablo omitió hablar de las esposas de los ancianos, si él realmente hablaba de las esposas de los diáconos? Sólo sobre la base antes establecida de que “no sería probable que Pablo rompiera su hilo de pensamiento concerniente a los diáconos”. Por el contrario, es muy posible –y por el texto muy probable que- que después que Pablo ha hablado de los ancianos (3:1) y los diáconos (3:8), él insertase un comentario entre paréntesis (3:11) en relación con sus esposas, las esposas de los ancianos como también las esposas de los diáconos.

El Informe toma nota de esta última interpretación, pero afirma que su propio punto de vista es “más probable”. Ahora aparte del hecho que el presente artículo no piensa que la interpretación del Informe sea más probable –de hecho lo considera menos probable e incluso muy improbable- se debe insistir en que la conclusión del Informe requiere consecuencia necesaria y argumento válido. Una probabilidad dudosa acerca de un simple verso no es suficiente para revocar el punto de vista presbiteriano de la ordenación.

El Informe continúa con un argumento acerca de Febe, pero este fue desechado hace unas pocas páginas. Febe nunca fue “la señora Presidente” (p. 134) para Pablo.

Este es el final del argumento del Informe. Siguen las “Conclusiones y Recomendaciones”. Este es también el final del argumento de este documento. Su conclusión puede ser fácilmente anticipada.

Usando la redacción del Informe (Diakonate, p. 135), pero contradiciendo su sentido por trasponer positivos y negativos, la conclusión es:

El oficio de diácono es un oficio que involucra el ejercicio de autoridad eclesiástica. En las iglesias paulinas estuvo cerrado para las mujeres. Por lo tanto debe ser cerrado para las mujeres en nuestras iglesias. Y además – junto con el papa, John Knox, la Iglesia de Escocia, y toda la Cristiandad- creemos que la posición de la Reformed Presbyterian Church al negarse a ordenar mujeres es sólidamente bíblica, contra la cual las probabilidades no tienen fuerza lógica.

TRADUCCIÓN: Pb. Saúl Alfaro

7 comentarios

  1. Que tristeza de ciegos. No ordenan mujeres, pero si gays y casan parejas del mismo sexo.

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    • Samuel, las iglesias que comenzaron ordenando mujeres son las que hoy ordenan homosexuales. Pero no hay iglesias que ordenen gays sin ordenar mujeres.

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      • Apreciado Marcelo,¿que opinas del matrimonio entre personas del mismo sexo, por parte de pastores de tu iglesia presbiteriana?

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      • Samuel, no se si sabes, pero hay muchas iglesias presbiterianas. Así como hay muchas metodistas, bautistas, pentecostales, etc. Una de ellas, que los presbiterianos conservadores consideramos una iglesia apóstata, comenzó a aprobar el casamiento de homosexuales. Creo que esa es la consecuencia de la decisión que ellos tomaron a unos 100 años de aceptar como pastores a sujetos que no creyeran en la inspiración de la Escritura.

        Específicamente sobre la decisión de la PCUSA no representa la creencia del presbiterianismo histórico.

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  2. me llama la atención hermano Marcelo tu expresión : “el presbiterianismo histórico”. No hay problemas mayores con el presbiterianismo histórico a la verdad, ni tampoco con el luteranismo del tiempo de Lutero. El problema es con el presbiterianismo actual, es con el protestantismo del siglo XXI. No podemos vivir del mana de ayer, hoy tenemos que comer mana fresco, y este es escaso hoy en día…Felicitaciones por tu sitio que provee un poco de mana fresco.

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    • Gilberto, cuando hablo de presbiterianismo histórico no hablo del presbiterianismo del pasado sino que de aquellos que hoy se mantienen fieles a los que nuestros padres enseñaron.

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      • No sois muchos de todas maneras, y como dijo A.Toplady: “En todos los campos y especialmente en los asuntos espirituales la experiencia es la vida del conocimiento”. Hay nuevos retos hoy en día que no había en los días de Calvino o de Clark, y el pasado no te dará las respuestas. Mana fresco es lo que necesitamos…

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