Cuatro consejos para una consejera

Hace unos días me escribió una persona pidiendo un consejo. La situación es ésta: ella es cristiana, una de sus amigas de universidad es lesbiana y le pide que la apoye, la amiga le dice que no ve esto como algo malo porque no lo siente así, todo el mundo le dice que eso es lo importante y que siga su relación. ¿Debo hablar con ella? ¿Qué debo decirle a esa amiga? pregunta angustiada la joven que me escribió.

A continuación escribo algunas de las cosas que le respondí y que pueden ser de ayuda para otras personas que se encuentren en la misma situación.

1.- Mi primer consejo está basado en el texto de Ezequiel 3:17-21. De él aprendemos que Dios ha puesto al cristiano como atalayas para amonestar a quien está haciendo lo malo. No es una opción, es un deber de los cristianos decir al pecador que no está haciendo lo correcto. Si no lo hace, él también será culpable por lo que esa persona está haciendo. Un cristiano no puede pasar por al lado del pecador como si nada pasara, como si no le importara. Hoy esto es difícil, la “vida privada” de las personas es algo sagrado, lo que cada uno hace no debe importarle al que está al lado pero la Biblia nunca dice que cumplir lo que Dios nos pide será fácil, es más, nos asegura que vivir el cristianismo será difícil.

2.- ¿Qué debe decir la persona que me escribió a su amiga? Que lo que ella está haciendo Dios lo llama pecado. El pecado no depende de nuestros sentimientos, no depende de lo que cada uno de nosotros crea que es pecado. El pecado es simple definir, pecar es hacer lo que Dios dijo que no hiciéramos, es romper una regla, la ley. Lo que define el pecado está fuera de nosotros, fuera de las convenciones de la sociedad, lo que define el pecado es la Palabra de Dios.

La Biblia afirma que la heterosexualidad es la forma que Dios determinó para los relacionamientos amorosos del hombre. En Génesis 2:18 Dios dice “No es bueno que el hombre esté solo”, los versículos siguientes nos dicen cual será la compañía para la vida del hombre: una mujer. El hombre se uniría a su mujer, y serían una sola carne. La mujer es quien complementa al hombre, el hombre complementa a la mujer. Eso es lo natural en la obra de Dios.

Dios también muestra de forma positiva que la homosexualidad es un pecado. En el Antiguo Testamento, específicamente en Levíticos 18 encontramos a Dios hablando, por medio de Moisés, a Israel acerca de las conductas sexuales que ellos deberían seguir. En el versículo 18 Dios dice que la homosexualidad es una abominación. En el Nuevo Testamento se afirma lo mismo, en Romanos 1:26-27 Pablo dice que la homosexualidad es degradante, contra naturaleza, un hecho vergonzoso, un extravío que merece castigo. En solo dos versículos Pablo da cuatro razones por las que podemos considerar que la homosexualidad es rechazada por Dios.

3.- Tal como Jesús lo hizo, nuestras palabras hacia quien está pecando deben apuntar a su arrepentimiento. Hoy muchos enseñan “que Dios nos ama como somos”, “que ni Jesús juzgaba a los pecadores” sin embargo eso no es así. Jesús siempre enfrentó al pecador con su pecado, cuando Él se encontró con la mujer samaritana en el pozo (Jn. 4:1-26) le demostró que era pecadora. “Bien has dicho: “No tengo marido”, porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido.” La situación de esta mujer no fue pasada por alto. Marcos 1:14-15 nos enseña que Jesús predicaba el evangelio diciendo “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio.”

4.- Debes mostrar a esa persona que Dios puede perdonar su pecado. Nuestros pecados nos separan de Dios, hay un abismo entre el hombre natural y Dios pero la muerte de Cristo une nuevamente a Dios con su pueblo. El pecado no tiene la última palabra en nuestra relación con Dios, sino que es Dios quien la tiene. 1 Corintios 6:9-11 nos enseña que Dios ya ha perdonado y cambiado a homosexuales y los ha hecho sus hijos, Pablo dice que algunos de los creyentes de Corinto eran homosexuales, pero dejaron de serlo y no gracias a sí mismos.

Es Dios mismo quien los lavó, justificó y santificó. No fue la fuerza de voluntad del hombre natural, fue la obra del Espíritu Santo en ellos. Si Dios hubiera esperado que esos hombres o mujeres hubieran tenido las fuerzas para dejar su pecado ninguno de ellos sería salvo, pues el hombre gusta de su pecado y es esclavo de él. Es por eso que Dios regenera el corazón del que es llamado a ser su hijo, le regala la fe y el arrepentimiento y le da el privilegio de depositar sus cargas en Él.

El pecador debe enfrentar su pecado y decir “no puedo”, dejarse caer en las manos cariñosas de Dios y depender solo de Él.

Que Dios nos ayude a llevar el mensaje de arrepentimiento y salvación por gracia a todo aquel que tiene (tiene, no siente) necesidad de Dios.

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