Mi idea de Dios

John Gresham Machen

John Gresham Machen

John Gresham Machen es uno de los héroes de la iglesia conservadora. Él fue uno de los profesores que abandonaron el seminario de Princeton cuando éste se volvió liberal y fundaron el seminario Westminster. Además de ser un gran líder él también fue un excelente escritor.

Hoy posteo parte de uno de sus artículos llamado “Mi idea de Dios”. En él Machen hace una defensa del intelectualismo, en desmedro del misticismo, como una marca del cristianismo.

Mi idea de Dios

Si mi idea de Dios fuera realmente mía, si ella ha sido desarrollada en mi propia conciencia, yo mismo le atribuiría muy poca importancia para mí mismo y, ciertamente, esperaría que los demás le dieran menos importancia aún. Si Dios sólo fuera un acto de la experiencia humana, si la teología sólo es una rama de la psicología dejaría de estar interesado en ella. El único Dios del cual puedo sentirme interesado es uno que tiene una existencia objetiva, una existencia independiente del hombre.
Pero si hay un Ser real y existente de forma independiente, debe ser totalmente difícil que haya algún conocimiento de Él a menos que Él mismo elija revelarse: un Ser divino que puede ser descubierto aparte de la revelación debe ser tanto un nombre para un aspecto de la naturaleza humana – el sentido de reverencia o lealtad o algo así – como también, si posee existencia objetiva, algo pasivo que debe ser objeto de investigación humana como las substancias que son analizadas en un laboratorio. En ambos casos parecería absurdo aplicar a tal Ser el nombre de “Dios”.
Un verdadero Dios, entonces, si Él es más que algo pasivo, si es un Dios viviente, sólo puede ser conocido a través de si revelación de Sí mismo. Es extremamente improbable que tal revelación pueda venir sólo a mí. Rechazo, por lo tanto, la tendencia a la subjetividad en la religión que es tan popular en este tiempo – la noción de que la fe sólo es una “aventura” del hombre individual. Por el contrario, yo busco en la revelación de Dios que vino a otros hombres, y que vino a la vida humana, no a través del análisis de estados humanos de conciencia sino que viene desde afuera. Esa revelación encontramos en la religión cristiana.
La idea de Dios, por lo tanto, que aquí intento resumir es simplemente la idea cristiana. De hecho he podido hacerlo por mi mismo; me gusta con todo mi corazón; pero no podría amarla si pensara que ella ha sido descubierta en lo profundo de mi propia alma. Al contrario, lo que más me gusta de ella es que viene a mí con una autoridad externa, la autoridad de Dios mismo.
En este punto, sin embargo, no hay objeción. Nosotros hemos hablado acerca del conocimiento de Dios; pero en realidad el conocimiento de Dios, a menudo se dice, es necesario para tener contacto con Él, o al menos que sólo ocupa un lugar secundario, como la expresión simbólica y necesariamente transformadora de una experiencia que en sí misma es inefable. Tal depreciación del conocimiento en la esfera de la religión ha sido ampliamente mayoritaria en el mundo moderno, y nunca ha sido tan mayoritaria como lo es hoy. Esto subyace al misticismo de Schleiermacher y sus muchos sucesores; esto subyace el rechazo Ritschiliano de la “metafísica”; esto subyace la exaltación popular de las experiencias a expensas de la categorías mentales en la cuales se supone que ella se expresan; y en general esto se encuentra en la raíces de la separación entre religión y teología, experiencia y doctrina, fe y conocimiento, lo que es una marca característica de las enseñanzas de la religión actualmente.
En oposición a esta tendencia, por mi parte, debo insistir en la primacía del intelecto. Puede parecer extraño que el intelecto deba ser defendido por alguien que tiene tan poco conocimiento experimental como yo tengo; pero la razón hoy ha sido depuesta de su trono de reina por el usurpador pragmatismo, y, estando en exilio como está, no puede ser muy crítica a una humilde persona que hace su defensa. Y, como un hecho, el apasionado anti intelectualismo del presente tiempo está teniendo sus naturales frutos en un intelectualismo lamentable y una declinación moral. Tal decadencia se puede ver – Yo, por mi parte, creo – en la enfática distinción entre verdad y práctica, y en particular por el retorno al misticismo anti intelectual o el positivismo aplicado al conocimiento de Dios.
Ciertamente, a menos que nuestro contacto con Dios se base en el conocimiento de Él cesará de poseer cualquier cualidad moral. La sensación pura es no-moral; lo que hace que mi afecto hacia un amigo, por ejemplo, sea algo noble es el conocimiento que tengo sobre el carácter de mi amigo. Es igual con nuestra relación con Dios: la religión es personal y moral sólo si se basa en la verdad.

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1 comentario

  1. Buen articulo. Para amar a Dios hay que conocerlo, y para conocerlo hay que oir su Palabra: la Biblia. Pero el oir viene por la Palabra aplicada por el Espiritu.Tiene que haber primero la revelación de Jesucristo; esto es experiencia que no necesita más intelecto que el de un niñito, y luego viene crecimiento en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo lo cual depende de la leche no adulterada de la Palabra que ingerimos mediante el uso de una mente iliminada. Por lo cual dice la Palabra: “Renovaos en el espiritu de vuestra mente” , nuestro espiritu es iluminado una vez en el nuevo nacimiento y luego debe ser renovado cada día por el estudio o meditación de la Palabra de Dios.

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