Sola Scriptura y El Apologista (II)

En la primera parte de este artículo (ver aquí) Brandon Booth nos dijo que el precepto sobre el cual edificamos todo nuestro conocimiento es la Palabra de Dios, que la fuente absoluta, la piedra de fundamento y la que emite su última palabra para todo el pensamiento y el conocimiento aceptable es la Escritura.

En esta segunda parte nos habla de cual debe ser la prioridad del Cristiano, que no es defender al cristianismo sino simplemente exponer la verdad de la Palabra de Dios. Vamos al texto de Booth…

Sola Scriptura y El Apologista, Parte II

Brandon Booth

El escenario (una recapitulación): Un Cristiano ha estado testificando de vez en cuando a un no Cristiano en particular durante algún tiempo. Durante una conversación el no Cristiano dice, “Muy bien, así que ya entiendo todo ese asunto acerca del pecado y Jesús, pero lo que no entiendo en realidad es porqué tú crees todo eso. A mí me suena como un montón de mitos. Lo que quiero decir es, ¿cómo sabes que eso es verdad?”

¿Cómo respondes?

Previamente dijimos que no existe una respuesta lógica a esta pregunta. Ud. Simplemente no puede probar lógicamente la “verdad” del Cristianismo sin traicionar el fundamento mismo del Cristianismo. La verdad se define como escrituralmente sana, no como lógicamente sana.

Esto, claro, puede que le haya dejado algo perplejo. ¿Qué vamos a hacer si no podemos probar el Cristianismo con lógica? ¿Con qué otra cosa vamos a llevar a cabo la tarea apologética? Después de todo, ¿la apologética no está en parte relacionada con la Cosmovisión?

La respuesta a la última pregunta es sí, pero (y probablemente ya veía venir esto) se tiene que hacer con la cosmovisión correcta. Y de esta manera podemos desarrollar una respuesta más satisfactoria a la primera pregunta.

Todo tiene que ver con las prioridades.

Lo primero que necesitamos es poner primero lo primero. Nuestra verdadera primera tarea como Cristianos es predicar, no defender. Proclamar, no comprobar.

“Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” – Mateo 28:18-20 (RV 60).

Esto se corresponde perfectamente con la verdadera primera pregunta de la gente: “¿Cómo puedo ser justificado?” Incluso la pregunta, “¿Existe Dios?” asume esta necesidad de justificación. Si Dios o existe (o si no existe), ¿estoy bien con él o sin él? Esta es la angustia existencial de nuestras vidas: “¿Estoy verdaderamente bien con cualquier cosa que esté allí afuera?” (Vea mi publicación sobre la iglesia postmoderna para una explicación más detallada de este concepto.)

Sin embargo, para nuestros propósitos podemos relacionar aquí estos dos puntos – nuestra labor y la verdadera necesidad de la gente – con el objetivo de construir la cosmovisión desde la cual llevar a cabo la apologética. Francis Pieper explica la labor del Cristiano de esta manera:

La teología Cristiana es la habilidad de presentar, o predicar al mundo, la doctrina Cristiana; la teología Cristiana no trata de probar su verdad por medio de argumentos racionales o filosóficos. En cuanto a probar su verdad, el Espíritu Santo, unido con la palabra, se ocupa de eso cuando aplasta los corazones sólidos por medio de la predicación de la Ley y crea fe en el Evangelio a través de la predicación del Evangelio de Dios. Eso definitivamente concluye el caso. ¡Sólo trata con las realidades! El hombre en quien la Ley de Dios ha operado contrición [un terror y una verdadera pena a causa del pecado] ha perdido todo interés en las pruebas racionales y filosóficas, porque ha sido aplastado y “yace desplomado.” Y cuando el Evangelio ha producido en él fe en el Salvador de los pecadores, se regocija en la verdad divina y salvadora y no pide que se le demuestre esta verdad de manera científica. Ese es el significado del axioma: “La mejor apologética de la religión Cristiana es su proclamación.”

– Dogmática Cristiana, Vol 1, p. 109. Concordia Publishing House: Saint Louis, 1950.

Pero, ¿acaso la apologética tradicional del razonamiento tiene algún lugar en la caja Cristiana de herramientas? Ciertamente que sí. Le puede ayudar a los Cristianos que luchan con algunas dudas, y también pueden ayudar a establecer el escenario para proclamar el Evangelio al no creyente. Pieper una vez más:

“Los argumentos de la razón, los argumentos históricos, etc., también pueden brindar algún servicio en la conversión de una persona induciendo a aquellos que se hallan fuera de la Iglesia a leer o escuchar la Palabra de Dios y así venir a la fe en la Palabra por la operación del Espíritu Santo por medio de la Palabra. Pero no debemos imaginar que la presentación de tales argumentos lógicos sea un prerrequisito necesario para la proclamación de la Palabra de Dios.”

– Dogmática Cristiana, Vol 1, p. 311. Concordia Publishing House: Saint Louis, 1950.

En este punto me gustaría referirlo a Hechos 17. Vaya y lea allí. Yo lo espero…

¿Ya lo hizo? Bien. Note como Pablo razona, a partir de la Escritura, al principio del capítulo, “como acostumbraba” (v. 2). Sin embargo, cuando llegó a Atenas, ¿qué cambió? Nada. Es correcto, Pablo tenía un anzuelo elaborado (“Hombres de Atenas…”), pero al final simplemente proclamó lo que las Escrituras enseñaban (creación y juicio) y llamó a los Atenienses al arrepentimiento. Con razón y en verdad Pablo dice “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Corintios 2:2).

Pablo, aquel maestro de la apologética, lo era porque era un maestro de la proclamación.

La línea de remate:

La verdadera función de la apologética no es comprobar, sino quitar. Ayuda a quitar las máscaras de la falta de sinceridad y exponernos, desnudos y solos, a la luz de la Escritura. Casi podemos describirla como pre-evangelismo. Tiene su lugar, pero nunca debemos permitirle suplantar la proclamación del juicio y la gracia de Dios.

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