Revelación: El punto de vista de Cristo y los apóstoles

Esta entrega del texto de Buswell nos habla de la visión que Jesús y los apóstoles tenían de Las Escrituras.

“… Si uno niega la veracidad total y la autoridad de la Biblia, niega la autoridad de los apóstoles y de Cristo mismo; y niega que sean dignos de confianza como maestros” dice Buswell en su teología sistemática.

A. Punto de vista de Cristo

Tal vez el artículo más sólido de Warfield sea el que se intitula The Real Problem of Inspiration [El verdadero problema de la inspiración]. Se encontrará en los libros de Warfield mencionados anteriormente. Warfield muestra que el verdadero problema es si estamos listos o no para aceptar el punto de vista de la inspiración enseñado por Cristo y los apóstoles. Muestra que Cristo consideraba toda la Escritura conocida en ese día como la Palabra infalible de Dios; que los apóstoles fueron comisionados por Cristo para el establecimiento de la iglesia y para escribir el Nuevo Testamento; y que ellos también consideraban todas las Escrituras que conocían como la Palabra de Dios, autoritativa e inerrable. Por lo tanto, si uno niega la veracidad total y la autoridad de la Biblia, niega la autoridad de los apóstoles y de Cristo mismo; y niega que sean dignos de confianza como maestros.

Será imposible otra cosa que presentar algunos fragmentos de la evidencia pertinente. El estudiante deberá consultar el libro de Warfield por sí mismo.

En el Sermón del Monte tenemos la declaración enfática de Cristo sobre la infalibilidad de la ley: «No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota [la letra hebrea más pequeña] ni un tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; más cualquiera que los haga y los enseñe, este será llamado grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no fuera mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5.17-20).

Recuerdo bien haber asistido a una conferencia por un erudito de renombre, reconocido mundialmente como autoridad en el Sermón del Monte, profesor en una de nuestras grandes universidades, en una serie de conferencias sobre «Las enseñanzas de Jesús». El profesor llegó a este pasaje y, sin la menor evidencia objetiva, sin base histórica o documental, dijo muy positiva y concluyentemente: «No creo que Jesús jamás dijo eso».

Pero Lucas tenía evidencia de un dicho muy similar en un contexto diferente: «Más fácil es que pasen el cielo y la tierra, que se frustre una tilde de la ley» (Lc 16.17). Y Juan había anotado en su cuaderno que Jesús en otra ocasión había dicho: «La Escritura no puede ser quebrantada » (Jn 10.35). Cuando, al tratar con los sutiles fariseos, Jesús tuvo ocasión de citar el Salmo 110.1, lo introdujo diciendo: «¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor…?» (Mt 22.43,44).

Jesús apeló a Moisés: «Si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis en sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?» (Jn 5.46,47). No sólo en estas referencias específicas sino en toda su actitud hacia el Antiguo Testamento, Cristo siempre dio evidencia de que lo aceptaba como la Palabra infalible de Dios. Además, sus discípulos, enseñados por él, llevaban el mensaje de la inerrabilidad de las Escrituras a toda la iglesia en los primeros días.

Parece así pues, que tenemos toda razón para creer que Jesús enseñó la inerrabilidad de las Escrituras. Esto se infiere no solamente de sus palabras explícitas, como las ya citadas, sino de todo el complejo de circunstancias, todo lo cual indica la misma conclusión.

B. Los apóstoles y la autoridad de las Escrituras: Pedro

Al llegar a las enseñanzas de los apóstoles como se encuentran en el Nuevo Testamento, no tenemos sólo las referencias constantes a las Escrituras como la Palabra infalible de Dios sino también ciertos pasajes notables en los cuales se detalla la doctrina apostólica.

La famosa declaración de Pedro (2 P 1.19-21) es precedida de una introducción significante. Él sabe (v.14) que su vida pronto terminará, como Cristo ya lo había dicho (Jn 21.18). Él será diligente en escribir ciertas enseñanzas a fin de que sus lectores tengan siempre una minuta de estas cosas (v.15).

Continúa: «Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo» (vv. 16-19).

Hasta este punto el énfasis de Pedro es sobre el valor de su testimonio como de un testigo ocular.

Nótese que Pedro conecta la experiencia en el monte de la transfiguración con la segunda venida de Cristo, parousia. En los tres evangelios sinópticos, después de la experiencia del monte de la transfiguración sigue inmediatamente la declaración de Cristo: «Hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino» (Mt 16.28). El Dr. Basil Atkinson comenta sobre Mateo 16.28 así: «El versículo 28 ha causado muchas dificultades y disensión innecesaria. Su cumplimiento se puede encontrar en la transfiguración, que sigue inmediatamente (ocasión en la cual el apóstol Pedro afirma que los tres discípulos vieron la venida de Cristo; cf. 2 P 1.16)…» [1]Parece claro de lo que Pedro dice que consideraba la visión en el monte de la transfiguración como un cumplimiento de la promesa de Mateo 16.28. Crisóstomo (345-407) sostiene que en la experiencia del monte de la transfiguración, Pedro, Jacobo, y Juan vieron a Cristo en su reino, «en la visión».[2] El hecho más notable de la declaración de Pedro es que habiendo recordado la experiencia del monte de la transfiguración en términos

vívidos, y habiendo recalcado su experiencia como testigo ocular, continúa: «Tenemos, más firme, la palabra profética; a la cual hacéis bien en estar atentos, como a una lámpara que luce en un lugar tenebroso, hasta que el día esclarezca, y el lucero nazca» (v. 19a, V.M.). En otras palabras, Pedro mantiene que la palabra de la profecía escrita es más segura que el testimonio de él mismo como testigo presencial. El puede creer más fácilmente la palabra profética que la experiencia de sus propios ojos y oídos.

Es verdad que el comparativo «más firme» puede considerarse como un sencillo superlativo, porque el uso gramatical es algo impreciso, pero no veo razón alguna para no tomar el comparativo literalmente. En verdad no es extraño observar que un testimonio personal esté sujeto a alucinaciones, a las que la palabra profética no está sujeta.

Pedro continúa: «Entendiendo primero esto [en vuestros corazones], que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron inspirados por el Espíritu Santo» (vv. 19b-21).

La traducción común de estas oraciones ha llevado a un concepto erróneo. Warfield ha mostrado que el sujeto de las observaciones de Pedro es la manifestación, o el llegar a ser, de la profecía. No está hablando de exégesis o hermenéutica, sino del procedimiento por el cual la profecía llegó a existir. Mientras que la mayoría de los libros humanos corrientes se escriben para dar interpretaciones humanas según el entendimiento y la voluntad humana, las Escrituras no se han producido de esta manera, sino que los escritores de las Escrituras han sido movidos o impulsados por el Espíritu Santo de Dios.

C. La doctrina de las Escrituras según Pablo

La doctrina de las Escrituras según Pablo (2 Tim 3.15-17) está de acuerdo con la de Pedro. «Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra». (Las Escrituras conocidas por Timoteo desde la niñez eran, por supuesto, el Antiguo Testamento).

Warfield, al definir la inspiración, trata de la palabra que comúnmente se traduce «es inspirada por Dios», y muestra que significa «el producto del aliento creador de Dios». Así como con referencia a la creación leemos: «Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca» (Sal 33.6). Y otra vez, «Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió» (Sal 33.9); así también debemos pensar en las Escrituras como el producto de un acto creador divino.

El uso de la forma singular de la palabra «simiente» en Gálatas 3.16 verdaderamente muestra que Pablo consideraba que las Escrituras eran inspiradas verbalmente. Sin embargo, debemos notar que el uso por Pablo de la palabra «simiente» es como una ilustración para ayudar a que la mente comprenda y retenga la verdad, y no como un argumento de la exégesis del texto de Génesis. Pablo bien sabía que «simiente» es un término colectivo en hebreo y griego tanto como lo es en castellano. La forma singular meramente indica la verdad de que la salvación se efectuó por Uno de la posteridad de Abraham.


[1] The New Bible Commentary [El nuevo comentario bíblico] (Grand Rapids, Michigan: Eerdmans, 1953), loc. cit.

[2] Nicene and Post-Nicene Fathers [Los padres nicenos y post-nicenos], primera serie, vol. X, Homilía LVI, sobre Mateo 16.28, p. 345 ss.

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