En mi lugar

mendigo.jpgHace ya muchos años, a principios del verano cuando los árboles apenas comenzaban a verdear dándonos sombra, paseaba con un amigo por la placentera orilla de un río en Escocia. Un mendigo harapiento se nos acercó para pedir limosna. Le ayudamos en algo, y comenzamos a conversar con él. El hombre no sabía leer ni escribir. No sabía nada de la Biblia, y poco le importaba.

–Usted necesita ser salvo, ¿no es así?

–Oh sí, supongo que sí –respondió él.

–Pero, ¿acaso sabe cómo serlo? –le preguntamos.

–Creo que sí –contestó.

–¿Cómo cree que puede ser salvo?

–No he sido un mal hombre, y hago todas las buenas obras que puedo.

–Pero, ¿serán sus buenas obras suficientes para asegurarle el cielo? –seguimos preguntando.

–Creo que sí, estoy haciendo lo mejor que puedo.

–¿Conoce buenas obras mejores que las suyas?

–Sé de las buenas obras de los santos, pero ¿cómo puedo hacerlas yo?

–¿Sabe de buenas obras mejores que las de los santos?

–No creo que pueda haber buenas obras mejores que las de ellos –dijo el mendigo.

–¿Acaso no son las obras del Señor Jesucristo mejores que las obras de los santos?

–Por supuesto que sí. Pero, ¿de qué me sirven a mí?

–Pueden sernos muy útiles si creemos lo que Dios nos ha dicho acerca de ellas.

–¿Cómo es eso?

–Si Dios está dispuesto a considerar estas obras de Cristo en lugar de las suyas, ¿no sería eso suficiente?

–Sí, sería suficiente. Pero, ¿acaso lo hará?

–Sí –respondimos–, lo hará. Esto es justamente lo que nos ha dicho. Está dispuesto a tomar todo lo que Cristo ha hecho y sufrido, en lugar de todo lo que usted pudiera hacer y sufrir, y darle a usted lo que Cristo se merece en lugar de lo que usted mismo se merece.

–¿Es éste realmente el caso? ¿Está Dios dispuesto a poner a Cristo en mi lugar?

–Sí, realmente está dispuesto a hacerlo –respondimos.

–Pero, entonces, ¿yo no tengo que hacer buenas obras?

–Sí, muchas –contestamos–, pero no para comprar con ellas el perdón de sus pecados. Usted tiene que tomar lo que Cristo hizo como el precio pagado por el perdón de sus pecados; y luego, habiendo obtenido un perdón gratuito, usted trabajará para el que lo perdona como una manera de corresponder al amor de él.

–Pero, ¿cómo puedo lograr esto? –preguntó él.

–Creyendo el evangelio, o buenas nuevas, que le explica todo acerca del Señor Jesucristo: cómo vivió, cómo murió, cómo fue sepultado, cómo resucitó… todo para bien del hombre pecador. Como dice la Biblia: “Por medio de él [Jesucristo] se os anuncia perdón de pecados… en él es justificado todo aquel que cree” (Hechos 13:38, 39).

El mendigo, asombrado, comenzó a reflexionar. El pensamiento de que las obras de otro en lugar de las suyas serían suficientes, y que podía obtener todo lo que se merecen las obras de este otro, pareció impresionarle. Nunca volvimos a encontrarnos. Pero era evidente que la Palabra había hecho un impacto en él. Pareció captarla aunque nunca la había oído antes, eran nuevas demasiado buenas para ser realidad.

Desde entonces he relatado muchas veces esta anécdota para ilustrar el evangelio; y ha tenido su efecto. El asombro del hombre ante el hecho de que las obras de otro en lugar de las suyas eran suficientes, comunica la idea de los efectos producidos por el evangelio de Cristo. “Cristo por nosotros”, es el mensaje que anunciamos; Cristo “cargando nuestros pecados en su propio cuerpo en el madero”. Cristo haciendo lo que debíamos haber hecho nosotros, cargando lo que nosotros debíamos haber cargado; Cristo clavado en nuestra cruz, muriendo nuestra muerte, pagando nuestra deuda: todo esto para acercarnos a Dios y darnos vida eterna. Este es el mensaje puro del evangelio: que todo aquel que cree es salvo, y nunca vendrá a condenación.

Pocos son los que no saben lo que significa la palabra “sustituto” en relación con las cosas comunes; no obstante, nos conviene considerar cómo comprender correctamente el significado de esta palabra, pues es la clave para comprender correctamente el evangelio. “Cristo por nosotros”, o Cristo nuestro Sustituto, es el evangelio o las buenas nuevas de gran gozo que los apóstoles predicaron, y que nosotros podemos anunciar aun en estos tiempos postreros a los hijos de los hombres como su verdadera esperanza. Las buenas nuevas que anunciamos no constituyen lo que Dios nos ordena hacer a fin de reconciliarse con nosotros, sino lo que el Hijo de Dios ha hecho en nuestro lugar. Tomó nuestro lugar aquí en la tierra, a fin de que pudiéramos obtener un lugar en el cielo. Como el Único Perfecto, en la vida y en la muerte, como el Hacedor y el Sufriente, Dios nos lo presenta a fin de que obtengamos el beneficio completo de esa perfección en cuanto recibimos su evangelio. Toda nuestra imperfección, por más grande que sea, desaparece ante lo completo de su perfección, de modo que Dios nos ve no como somos nosotros, sino como es él. Todo lo que somos, hemos hecho y hemos sido, desaparece en lo que él es, ha hecho, y ha sido. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

Esta totalidad con que cargó con los pecados el Hijo de Dios, como el Sustituto, es la base de la fe del pecador. Es sobre esto que basamos nuestros tratos con Dios. Necesitamos a alguien que cargue con nuestros pecados, y Dios nos ha dado al que es totalmente perfecto y divino. “El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). “Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24).

En cierta oportunidad conversamos sobre esto con un joven. Éste, sentado con su Biblia en sus manos, cavilaba sobre el camino de vida, preguntándose: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” Se encontraba en tinieblas y no captaba nada de luz. Era un pecador… ¿cómo podía ser salvo? Era culpable… ¿cómo podía ser perdonado?

–“No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho”, –le dijimos.

–Ciertamente que no, pero entonces, ¿cómo? –preguntó.

–Por medio de Cristo quien lo hizo todo.

–Pero, ¿es posible esto? –siguió preguntando–. ¿Puedo ser salvo por medio de alguien que reciba el castigo en mi lugar?

–No sólo es posible, sino que así es. Esta es la manera, la única manera. Es la manera como Dios salva al pecador.

–¿Y yo no tengo que hacer nada? –inquirió.

–Nada para ser salvo –respondimos.

–Explíqueme cómo es posible esto.

–Volvamos a la verdad acerca del sustituto. ¿Sabes qué es eso?

–Sí, ¿pero qué tiene que ver eso conmigo?

–Cristo se ofrece para ser tu Sustituto, hacer lo que te hubiera correspondido hacer a ti; sufrir lo que te hubiera correspondido sufrir a ti, pagar lo que te hubiera correspondido pagar a ti.

–¿Significa esto que Cristo de hecho ha pagado mi deuda, y que esto es lo que tengo que creer para ser salvo?

–No. Tu deuda no ha sido pagada hasta que creas: cuando crees queda pagada, pagada una vez por todas, una vez para siempre; pero no hasta que creas..

–Entonces, ¿cómo es la obra de Cristo, como el Sustituto, buenas nuevas para mí?

–Supongamos que hay suficiente dinero depositado en el banco para pagar doblemente tus deudas, y lo único que tienes que hacer es solicitarlo. Entregas tu cheque, y recibes el dinero inmediatamente.

–Entiendo, entiendo –dijo el joven–. Es “creer” lo que realmente me hace poseedor de todos los frutos de la obra de haber cargado los pecados sobre sí mismo en la cruz.

–Sí, exactamente. O déjame decirlo de otro modo. Cristo murió por nuestros pecados. Él es nuestro Sustituto. Se te presenta como tal. ¿Estás dispuesto a aceptarlo como tal, para que pague todas tus deudas y perdone todos tus pecados?

–Sí. Pero quiero comprenderlo mejor porque me parece demasiado sencillo.

–Bueno, digámoslo de esta forma: Dios ha provisto un Sustituto para los culpables, quien, hace siglos, sufrió por nuestros pecados, el Justo por los injustos. El Padre te presenta este sustituto perfecto y te pide que aceptes la sustitución. El Hijo se te presenta, ofreciendo ser tu Sustituto. El Espíritu Santo te lo presenta como un Sustituto. ¿Lo aceptas? El Padre está dispuesto, el Hijo está dispuesto, el Espíritu está dispuesto. ¿Estás tú dispuesto? ¿Das tu consentimiento?

–¿Eso es todo? –preguntó él.

–Sí, lo es. Tu aceptación de Cristo como tu Sustituto marca el amanecer de un nuevo día, de una nueva vida.

Así es cómo se rompen las cadenas del pecador y éste es puesto en libertad para servir a Dios. Primero libertad, luego servicio; el servicio de hombres libres de la condenación y de la esclavitud. Es por aceptar al Sustituto divino que el pecador es puesto en libertad para servir al Dios vivo. La libertad que fluye del perdón recibido de este modo es el verdadero comienzo de una vida santa.

Por lo tanto, si he de vivir una vida santa, tengo que comenzar con el Sustituto, tengo que recurrir a él para recibir perdón y liberación. Porque por él somos “librados de nuestros enemigos, sin temor” le serviremos “en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días” (Lucas 1:74, 75).

Si he de servir a Dios, y si he de poseer la “verdadera religión”, tengo que empezar con el Sustituto; porque la religión comienza con el perdón; y sin el perdón, la religión es una profesión de fe débil y molesta. “Empero hay perdón cerca de ti, para que seas temido” (Salmo 130:4). Esta es la consigna divina. No primero temer a Dios y entonces ser perdonado; en cambio, primero ser perdonado y entonces temer a Dios.

Horatius Bonar

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